Reciclaje de tapones

 

ALVIZLO, en este blog, da respuestas a la pregunta: esto de los tapones... ¿sirve para algo?

Desde el punto de vista ambiental, las campañas de recogida separada de materiales enseñan a los alumnos cómo debe realizarse la presentación de residuos domésticos. La legislación europea vigente, cuya aplicación en España va más que retrasada, determina que deben existir flujos de residuos en función de los materiales que los componen. El modelo patrio de bolsa amarilla y bolsa de restos está caduco y no consigue grandes resultados, a pesar de los intentos de maquillar las estadísticas de reciclaje. Para poder hacer algo con los residuos, estos deben separarse por materiales: si diferenciamos papel, vidrio, materia orgánica, plástico, metal… podemos recuperar el valor de cada uno de ellos en un proceso optimizado. Si los juntamos todos en “envases” y “resto”, contaminamos la materia orgánica, deterioramos la calidad de los distintos materiales y dificultamos su reciclado posterior.

Los tapones son de plástico y el plástico es un material que se puede reciclar. La duda puede surgir ¿por qué recoger sólo los tapones y no todo el envase? La respuesta es compleja y requiere analizar el siguiente elemento: el monetario.

Desde el punto de vista económico, las campañas promueven la consecución de una cierta cantidad de dinero, simbólica (que todo hay que decirlo), por la recogida de los tapones de plástico. Pero ¿quién paga? Pues la industria del reciclaje. Cualquier material separado es apreciado por la industria. Cuanto mayor sea la pureza del material más interesante es para el reciclaje. La pega fundamental de los residuos del contenedor amarillo, y peor todavía en el caso de contenedor de restos, reside en que, durante la recogida y el transporte, se mezclan y compactan distintos tipos de materiales que posteriormente, en un proceso industrial, tienen que ser separados. Aparte de la escasa eficacia del proceso, sólo el 30% de lo que entra se clasifica adecuadamente, al final tenemos plásticos, aluminio, metales férricos… mezclados con restos de materia orgánica, con otros materiales no deseables… y las calidades de los materiales recuperados son poco interesantes.

Cuando recogemos los tapones de forma separada al resto de residuos conseguimos entregar al reciclador una materia prima que es plástico y únicamente plástico. Con otra ventaja: casi todos los tapones son del mismo tipo de plástico. Si nos fijamos en los envases, muchos tienen un simbolito de reciclaje con un número o unas letras dentro. Esto indica el tipo de material de que se trata. En todos los tapones nos encontramos lo mismo: polietileno de alta densidad (2 – HDPE). Sin embargo, el resto de la botella suele estar hecha de distintos materiales. En la industria, una mezcla homogénea del mismo plástico se recicla para conseguir de nuevo el mismo plástico. Si tenemos distintos tipos de plástico la calidad del material reciclado disminuye y no se puede emplear en los mismos usos que el original. Así pues, la salida para una mezcla de plásticos variados suele ser conformar paracoches de automoción, de esos que cuando de rajan por un golpe hay que cambiarlos enteros, ya que no hay forma de soldarlos debido a la presencia de polímeros diferentes.

Por otro lado, el proceso industrial de clasificación de envases empieza en una cinta transportadora en la que operarios separan, manualmente, los residuos de mayor tamaño. Coger un tapón suelto, o desenroscarlo de la botella es algo impensable a la velocidad que pasan los residuos por la cinta (más de un kilo por habitante cada día), por lo que mejor si ya no están cuanto nuestra basura llega a la planta de clasificación de envases.

Así, un reciclador especializado en el plástico, no ve tapones o botellas, ve la materia prima de su negocio y puede estar dispuesto a pagar, según datos de la web de una de las empresas que han decidido vincular su responsabilidad social a la causa, unos 300 euros por cada tonelada de tapones. ¡Una tonelada! Eso son muchos tapones… y aquí entra la tercera y más importante de las variables.

Desde el punto de vista social, tenemos dos aspectos clave, en primer lugar la llamada de atención sobre las enfermedades raras. El beneficio de las campañas de recogida de tapones está destinado a personas que sufren dolencias cuya investigación y tratamiento no están cubiertos en el sistema sanitario. En segundo lugar, las campañas de recogida de tapones nos enseñan la importancia de los pequeños gestos y la acción colectiva: depositar un tapón en el contenedor amarillo implica que pueda ser reciclado con un 15% de probabilidad. En el restante 85% de los casos el vertedero, la incineración o la isla de plástico son los finales posibles para el tapón.

Llevarlo a un colegio de los que participan en la campaña implica que formará parte de la tonelada enviada directamente al reciclador, generando una aportación económica a la familia de algún niño que no puede sufragar los costes del tratamiento de su enfermedad. Estas campañas (las hemos visto con anillas de latas de refresco, en las que se repite el esquema pero para con el aluminio) sólo tienen sentido si existe la participación colectiva. Un individuo, por sí mismo, difícilmente podría rentabilizar la actividad de almacenar tapones. El incentivo a participar es, por tanto, altruista y se basa en maximizar las externalidades positivas de la acción de reciclaje. Somos un animal social, vivimos en sociedad y sólo con el acuerdo y colaboración entre iguales conseguiremos construir un modelo de desarrollo sostenible.

Llegados a este punto, cabe decir que, en la medida de lo posible, lo recomendable es evitar los envases de un solo uso. Es lo más sostenible y el ahorro (en limpieza urbana, recogida, transporte y procesado de residuos…) que generaría permitiría, en una sociedad concienciada y capaz de reclamar a sus representantes que prioricen el interés de la ciudadanía frente al de la industria, destinar recursos a la investigación y tratamiento de enfermedades poco frecuentes. Pero, dado que gran parte de las cosas que consumimos vienen encerradas con un tapón de plástico y no es fácil encontrar alternativas accesibles para todos, el fin más sostenible para nuestros tapones es colaborar con esos colegios que ilustran a la siguiente generación formas originales de resolver problemas concretos maximizando el beneficio social, ambiental y económico.

¿Te apuntas?